25.07.26
por Equipo de Comunicaciones.
Hace un tiempo, un padre se plantó frente al Palacio de La Moneda, en Santiago de Chile, para manifestarse contra lo que consideraba una profunda injusticia: la obstrucción parental y el impedimento de mantener contacto con su hijo.
Permaneció allí durante horas mientras decenas de personas transitaban frente a él. Sostenía un cartel con una frase sencilla, pero profundamente reveladora:«Hijo, el amor es la verdad.»
A simple vista, podría parecer únicamente una expresión de afecto y la defensa de una historia supuesta pero desconocida. Sin embargo, esa frase también encierra una reflexión sobre el lugar que ocupa la verdad en los conflictos familiares.
Cuando una separación se transforma en una disputa, no solo se enfrentan intereses individuales o estrategias jurídicas; también se disputa el relato de los hechos. Y cuando el relato sustituye a la realidad, el mayor riesgo es que un niño termine perdiendo el acceso a la verdad de su propia historia.
Hannah Arendt advirtió que «el sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, ha dejado de existir» (Los orígenes del totalitarismo, 1951). Su reflexión trasciende el análisis del totalitarismo -aunque bien se podría plantear la idea de un micrototalitarismo en las relaciones familiares expresado en el ejercicio abusivo y omniabarcador del cuidado personal- plantea una advertencia de enorme actualidad: cuando desaparece la diferencia entre los hechos y las narrativas, la verdad deja de ser un límite para el ejercicio del poder.
En el ámbito de familia, esta idea invita a recordar que ninguna decisión orientada a proteger a un niño puede prescindir de los hechos ni permitir que estos sean reemplazados por relatos construidos desde una trinchera individual y sin contraste con la realidad.
Desde otra perspectiva, Giorgio Agamben sostiene en Estado de excepción que «el estado de excepción tiende cada vez más a presentarse como el paradigma de gobierno dominante en la política (y la vida) contemporánea». Su advertencia invita a preguntarnos qué ocurre cuando medidas concebidas como excepcionales para proteger a un niño – como una orden de alejamiento, suspensión de la relación directa y regular o un cambio de domicilio sin acuerdo entre los padres- terminan prolongándose durante meses o incluso años, transformando la excepción en una situación permanente. Lo que debía ser extraordinario corre el riesgo de convertirse en la regla, alterando el sentido mismo del derecho y de la protección infantil. Esto cobra mayor sentido, cuando el distanciamiento del niño con el progenitor ha sido decretado de manera injusta y ha creado una distancia no solo física sino también emocional que muchas veces insalvable.
Esta reflexión encuentra un complemento en Lo que queda de Auschwitz. Allí, Agamben desarrolla la noción de testimonio para mostrar que el poder no solo administra cuerpos o derechos; también influye sobre aquello que puede aparecer como verdadero. La verdad no pertenece únicamente a quien tiene la posibilidad de hablar o de imponer un relato (las víctimas a priori saben de esto ). Surge también de la experiencia vivida y del testimonio de aquello que se resiste a ser completamente absorbido por el discurso dominante ( lo no-dicho o lo que excede la idea de verdad procesal o jurídica) . En este sentido, la verdad no es una construcción arbitraria que pueda modificarse según la conveniencia de las partes; permanece como aquello que persiste incluso cuando alguien intenta silenciarla o no incluirla en el discurso de la verdad.
Esta idea, llevada al ámbito de las relaciones familiares, adquiere una especial relevancia. La historia compartida entre un niño y sus padres constituye una realidad que no desaparece porque el contacto se interrumpa o porque una narrativa pretenda sustituir la experiencia vivida por una verdad de la «anulación vincular». La separación puede impedir el encuentro físico y bien que lo logra. Incluso puede modificar la percepción del vínculo (sobretodo en procesos de manipulación parental) . Pero no puede borrar la verdad de una historia que forma parte de la identidad del niño; una verdad que aparece en el acto de amor y en la memoria emotiva y fáctica del vínculo realmente existente.
Por ello, la Convención sobre los Derechos del Niño (artículo 9.3), la Ley N.º 20.680, que incorpora el principio de corresponsabilidad parental al Código Civil, y la Ley N.º 21.430, que reconoce a niños, niñas y adolescentes como sujetos plenos de derechos, sitúan el centro de la protección en el interés superior del niño. La relación directa y regular no existe para satisfacer el interés de los adultos, sino para garantizar el derecho del niño a mantener una relación significativa con ambos progenitores, salvo que exista una razón fundada que haga necesaria su limitación para proteger su bienestar ( de la tergiversación y aprovechamiento de esta excepción surge la normalidad desvinculadora).
Quizá por eso aquel cartel continúa interpelando con tanta fuerza. «Hijo, el amor es la verdad» no es solo la declaración de un padre que extraña a su hijo. Es también un recordatorio de que los niños tienen derecho a crecer con la verdad de su propia historia.
Cuando la verdad del vínculo es desplazada por relatos ficticios sobre el vínculo entre los adultos y de los adultos con el niño, quien corre el mayor riesgo de perder no es el padre ni la madre (¡vaya que pierden ambos empezando por el dinero y la salud mental): es el niño, cuyo derecho a la identidad, a la historia y a preservar sus vínculos familiares constituye uno de los pilares fundamentales del derecho de la infancia. Aunque lo que se vulnera finalmente es algo más tangible y cercano: el cuerpo y la estructura psicológica básica del niño a quien se le ha negado la verdad del vínculo afectivo y parental.
Fundación Crianza Compartida Chile ®️

