Navidad sin mis hijos: relato de Irene, una madre desvinculada .

Navidad sin mis hijos: relato de Irene, una madre desvinculada .

En un par de días nuevamente será Navidad. Para mí, como madre de cuatro hermosos niños, esta Nochebuena tendré que sonreír y tragar mis lágrimas, esas que afloran al ver en las paredes de mi hogar las fotografías de mis dos hijos mayores. Pero debo sonreír por mis dos pequeños que, gracias a Dios, están conmigo. Espero, confiando en Dios, que cada abrazo, cada beso y cada “te amo” que doy a mis pequeños pueda sentirse también en los corazones de sus hermanitos mayores.

Esta será la quinta Navidad sin estar con mis cuatro hijos. Son más de cuatro años en los que no me han permitido abrazar, besar, ver ni decirle al segundo de mis hijos mayores cuánto lo amo y lo extraño. Él es autista.

Si bien comprobé y demostré con hechos que jamás vulneré los derechos de mis hijos, lamentablemente el Poder Judicial y los tribunales de familia no se han hecho cargo de reparar el daño irreparable que a mis hijos y a mí nos han causado con su nefasto e inoperante proceder.

Lamentablemente no soy la única madre a la que han matado en vida.

Soy una mujer fuerte y debo serlo por mis pequeños. Mi lucha continúa, aun con el alma quebrantada. No me rindo.

Pido a Dios fuerza para cada papá y mamá a quienes nos han desvinculado injustamente de la vida de nuestros hijos, afectados por denuncias falsas ante organismos como el PPF, FAE y otros.

No sé si volveré a abrazar a mi hijo, quien ya tiene 13 añitos. No sé si volveré a escuchar su voz, si podré mirarlo a los ojitos y decirle: te amo, hijo 💙. Pero tengo fe y creo en Dios, y sé que Él cuida de mi pequeño.

Si bien, médicamente hablando, no debería estar en esta vida, ha sido Dios quien en el dolor me ha sostenido y enseñado a luchar, lidiando con mi salud, con el dolor y con la injusticia del ser humano.

Mi lucha es contra el tiempo, mi tiempo en esta tierra. Cuando Dios me lleve de esta vida, podrán leer y decir lo que sea, menos que me rendí.

En mi vida he estado tres veces en coma, meses en UCI conectada a máquinas. Aprendí a caminar y a hablar nuevamente después de adulta. A mis cuatro hijos los tuve por cesárea. Estuve dos años en silla de ruedas, dependiente de oxígeno y morfina. Vi morir a muchas personas en las salas continuas donde estuve hospitalizada por meses. Sentí el dolor de madres, hermanos, padres, abuelos y otros al ver cómo sacaban los cuerpos inertes de sus seres amados, mientras yo luchaba por volver a casa.

Cada una de las veces que desperté del coma, mis pensamientos estaban en mis hijos, porque sabía que me esperaban en casa. Creo que nada de lo que he vivido y luchado me dolió tanto como el día en que supe que, al llegar a casa, mis hijos no estarían allí.

Aun así, en ese dolor que quebrantó mi ser y mi espíritu, Dios me sostuvo e iluminó en la oscuridad más profunda y cruel.

Creo que es el amor —mi amor de madre, mi amor por la vida— y el saber que existen cuatro hermosos seres humanos que me llaman mamá y mami. Es su amor el que me sostiene.

Como madre, les pido a cada padre y madre que no se rindan jamás. Nuestros hijos, niños y niñas, nos necesitan. Ellos son el futuro, son la esperanza, son la vida. Debemos protegerlos y amarlos.

Por Irene , una madre desvinculada de sus hijos.

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