01 de Junio de 2026 .
Por Paola .
Hoy les escribo con el corazón completamente abierto. Después de un año sin poder ver a mis hijos, después de más de 17 causas, después de años intentando ser escuchada y de sentir tantas veces que mi voz se perdía entre papeles, versiones, informes y silencios, por fin ocurrió algo que para mí es inmenso.
Algo que todavía me cuesta escribir sin llorar. La verdad empezó a abrirse camino.
Durante mucho tiempo se instaló la idea de que la revinculación no avanzaba por razones técnicas, por prudencia, por cuidado o porque había que cambiar de centro. Pero finalmente quedó en evidencia dentro de la causa que el proceso no estaba detenido por mí. Yo sí había avanzado. Yo sí había elegido el centro. Yo sí me había contactado. Yo sí estaba disponible. Yo sí quería volver a acercarme a mis hijos.
Lo que estaba frenando, condicionando y dilatando todo era el padre de mis hijos. Y esta vez no quedó solo en mi palabra.
Sebastián, el curador ad litem de mis hijos, lo dejó en evidencia. El consejero técnico también lo vio y lo señaló con claridad.
Después de tanto tiempo, después de tanta impotencia, después de sentir tantas veces que nadie miraba lo que realmente estaba ocurriendo, por fin alguien dentro del sistema entendió que la revinculación había sido obstaculizada. Y la resolución fue tajante: el tribunal ordenó avanzar. Le dio al padre un plazo breve para cumplir e informar, bajo apercibimiento de sanciones, incluso multa y/o arresto. Ya no había más espacio para seguir dilatando. Ya no había más excusas. Ya no había más forma de mantener cerrada la puerta.
Y entonces ocurrió lo que yo llevaba un año esperando. Mis hijos ya fueron al centro, fueron evaluados y el centro me dijo algo que todavía me atraviesa entera: mis hijos quieren verme muy pronto.
Pero hubo algo más, algo que me rompió y me devolvió la vida al mismo tiempo: lo que ellos más quieren es abrazar a su mamá.
No sé cómo explicarles lo que significa leer eso después de un año sin verlos. Un año sin mirarles la cara. Un año sin tocarles las manos. Un año sin escuchar su voz cerca. Un año sin poder decirles frente a frente que mamá seguía aquí, que nunca se fue, que nunca dejó de amarlos, que cada día los pensó, los esperó y los sostuvo en silencio desde el lugar más profundo del alma.
Una madre puede parecer de pie por fuera y estar completamente rota por dentro. Puede levantarse, trabajar, hablar, responder mensajes, seguir funcionando, pero llevar cada día una ausencia clavada en el pecho y esa ausencia tiene nombre, cara , risa, olor. Tiene memoria, tiene dos hijos que una ama más que a su propia vida. Por eso, saber que ellos quieren verme, pero sobre todo saber que quieren abrazarme, es como si la vida me hubiera devuelto el aire, como si después de tanta oscuridad, después de tanta espera, después de tantas noches preguntándome cuándo iba a terminar este dolor, por fin empezara a entrar la luz.
No ha sido el acuerdo perfecto, no ha sido el camino que una madre sueña pero hoy hay una puerta abierta, hay verdad, hay esperanza. Hoy puedo volver a creer que el amor, cuando es verdadero, no desaparece aunque lo separen. No se rompe aunque lo silencien. No muere aunque pasen los meses.
El amor de una madre espera, resisteN permanece y tarde o temprano encuentra una grieta por donde volver. Yo nunca dejé de amarlos, nunca dejé de esperarlos, nunca dejé de luchar por volver a estar cerca de ellos y hoy, después de un año entero esperando este momento, estoy más cerca de volver a abrazar a mis hijos. Pero lo más hermoso, lo más inmenso, lo que todavía me cuesta creer sin llorar, es que ellos también están esperando ese abrazo.
Mis hijos también quieren abrazar a su mamá. ¡Con el corazón lleno!
Pao.
Fundación Crianza Compartida Chile ®️

