Por Fernanda ( Madrastra )
Duele ver cómo pasa el tiempo… ya van más de dos años.
Duele aún más cuando uno ha sido testigo de los esfuerzos, sobre todo el último año, de cumplir con cada cosa y restricción que se ha pedido, de intentar hacer las cosas bien por el bienestar de los niños. De tener que aguantarse las ganas de compartir momentos tan importantes como cumpleaños, días especiales, primeros días de clases, días del padre y tantos otros importantísimos en el desarrollo de un niño, tener que conformarse con video llamadas día por medio y aun así, para la contraparte todo parece no ser suficiente para poder avanzar.
De pedir que te comenten cómo están los niños y obtener del otro lado silencio o simplemente respuestas que aparentan bienestar. Y después enterarte que la realidad es otra. Duele ver como producto de la distancia impuesta un padre va perdiendo su luz día a día, va perdiendo la confianza en la vida, va perdiendo la fe, va creyendo que las posibilidades de cercanía con sus pollos es cada vez más lejana.
Duele ver como una persona que estaba llena de vida y amor va cayendo en la desesperanza y angustia constante.
Duele porque llamada a llamada estoy a su lado escuchando y muchas veces escucho como los niños dicen espontáneamente “cuando nos veamos”, “cuando vayamos a tu casa”, le escriben que lo quieren, juegan con caritas, juegan a distintas cosas felices y veo muchas otras muestras de afecto y cariño, aún a pesar de los meses de distancia.
He visto como los niños a ratos están cabreados de tener que hablar, y como con paciencia, pena y esfuerzo se trata de generar una conversación de calidad porque es el único espacio e instancia para reiterarles a ellos la presencia, cariño y preocupación. Veo también como a veces no tienen ganas de hablar, súper válido en niños chicos, pero como hay cero colaboración del otro lado para buscar alternativas de espacios.
Cuesta entender que se siga obstaculizando algo tan básico como el derecho de niños a tener una relación cercana, directa y constante con su papá, especialmente cuando las razones se sostienen en el pasado y en el fracaso de procesos impuestos que por lo demás no lograban en su minuto avanzar hacia lo que supuestamente buscaban: que los niños pudieran compartir con su papá, cuestión que sin duda genera impotencia en quien los enfrenta y da derecho a cuestionar los procesos (cuestionamientos que son mal vistos, y son llamados resistencia, aun cuando los procesos no avanzaban en lo más mínimo. ¡insólito! Parece que no hay derecho a cuestionar un proceso que en meses no logró su objetivo.
Cuesta entender que se promueva distanciar una relación cuando no hay hechos con los niños que justifiquen la lejanía impuesta. Cuesta creer que se pretenda que una relación con niños se sostenga vía llamadas telefónicas, que se pida entender los tiempos de ellos, cuando no se los puede acompañar de manera presencial y contenedora, cuando no se les puede acompañar entregando cariños, apego y confianza con abrazos, miradas, palabras y muchos otros que solo una instancia de contacto físico entregan.
Cuesta creer que alguien pretenda que un vínculo padre e hijos se sostenga de manera virtual y no se logre ver que es esencial para los niños el contacto y presencia y lo que ello entrega. A veces me pregunto: ¿de verdad hay tanto miedo o tanto odio como para pensar que él podría hacerles daño? De creer que podría hacer algo para ponerlos en riesgo a ellos?
He escuchado de personas con quienes compartían, comentarios de que antes de que conflicto escalara, la mamá comentaba lo buen papá y lo involucrado que era, que no tenía nada malo que decir de él como papá, solo comentarios positivos hacia su figura antes del resentimiento actual.
Rezo, confío y espero que algún día vuelva a primar lo esencial: el bienestar de los niños, por sobre los conflictos de los adultos. Porque ellos merecen crecer con amor, con ambos padres presentes e involucrados (más allá de lo netamente económico), sin barreras innecesarias. Porque vuelva a primar la confianza y comunicación efectiva en padres que en el fondo solo quieren lo mismo: que sus niños sean felices, que estén sanos, que estén seguros y que no tengan que decidir si están con uno u otro padre. ¡Que puedan ser felices compartiendo con ambos!
Se escucha tanto hablar de los papitos corazones, pero por mi lado el último tiempo he escuchado tantas historias poco publicadas y miradas en menos (nose si por vergüenza o por creer que los hombres no sufren o porque hay derechos que parecieran no tener) de papás que queriendo estar presentes e involucrados en las vidas de sus hijos ven restringidas sus posibilidades por conflictos adultos. Todo lo anterior soportado por tribunales de justicia, curadores ad litem que hablan con los niños con suerte una vez cada 6 meses y un sistema de familia que deja mucho que desear. Cuesta entender que a los papás que queriendo estar presentes y pidiendo más presencia, se les limiten sus opciones con falsas excusas de seguridad cuando me consta en varios casos que ellos JAMÁS harían algo que pueda dañar a sus niños. Y sobre todo duele sabiendo que los niños sí quieren compartir con sus papás.
No solo las mujeres y mamás somos las capaces de entregar afecto y contención, los papás también. Ellos contribuyen en muchos aspectos claves del desarrollo de los niños de manera complementaria y en otros de mejor manera que nosotras las mujeres.No caigamos en creer que solo nosotros las mujeres podemos entregarles estabilidad emocional y contención a nuestros niños. Caer en esto está muy lejos de la igualdad que como mujeres mucha veces decimos promover.
En este y en muchos otros casos papá y mamá quieren lo mismo: la felicidad y el bienestar de sus niños. Y eso requiere coparentalidad, paciencia, no querer que las cosas se hagan siempre a la forma de uno y por sobre todo tener presente que los niños necesitan a mamá y papá presentes.
Ojalá el sistema judicial, en el que se escudan y del que abusan muchos (pareciera ser que ciertas personas pierden la autonomía de la voluntad para acordar cosas entre padres y se escudan en decisiones tomadas por los tribunales, siendo que ellas mismos han impulsado y pedido a los tribunales que las tomen), pueda luego ver la realidad particular de cada caso, pueda tener realmente como principio rector lo que declara proteger, el interés superior del niño, pueda llegar a promover el vínculo de los padres con sus hijos, pueda dejar de lado una mirada de género muchas veces mal interpretada y aplicada, pueda dejar de extender los conflictos de adultos a la relación de padres con sus hijos y por sobre todo dejen de seguir distanciando una de las relaciones más importantes de la vida, que forja parte importante de nuestras formas de ser y de nuestros caminos, que es la relación de padre/madre con sus hijos.
Te acompaño.
Los acompaño.
Fundación Crianza Compartida Chile ®️

