La historia de Don Oso: un papá separado de sus oseznos.

La historia de Don Oso: un papá separado de sus oseznos.

por René Miranda .

Los días parecían meses y los meses, años.

Don Oso no lograba ver a sus hijos y el dolor en su pecho aumentaba día tras día. Muchas mañanas despertaba llorando y, por las noches, apenas conseguía conciliar el sueño.Su sufrimiento era enorme.

Solo quería volver a abrazarlos, compartir con ellos, sentarse juntos a comer, jugar y disfrutar de su compañía. Sus oseznos eran su vida.

Don Oso sentía que había hecho todo lo que estaba a su alcance para ayudarlos y cuidarlos.

Después de la separación, incluso había organizado su trabajo para disponer de dos días a la semana y poder estar con ellos. Los llevaba al doctor, los acompañaba en sus necesidades y les había enseñado tantas cosas. Les enseñó a nadar y a atrapar peces para que pudieran aprender, poco a poco, a comer nuevos alimentos. Cuando eran más pequeños, los había acompañado a dar sus primeros pasos.

También viajaban juntos a otros lugares del bosque y Don Oso procuraba que sus oseznos compartieran con otros pequeños osos y construyeran sus propias amistades.

Había dedicado una vida entera a ellos.

Pero ahora todo estaba vacío.

No encontraba la manera de llenar el amor que faltaba. Sentía un enorme vacío que ninguna actividad, ningún trabajo, ni ninguna distracción conseguían aliviar. Para Don Oso, solo volver a tener contacto con sus hijos podía llenar aquel espacio.

No entendía lo que estaba sucediendo.

Todo parecía una pesadilla de la que deseaba despertar.

Aun así, por el bienestar de sus hijos, cada mañana salía a trabajar. Lo hacía sabiendo que, al terminar el día, regresaría a un departamento vacío y silencioso. Ya no estaban las risas, los pasos, los juguetes ni aquel desorden que antes podía cansarlo y que ahora tanto añoraba.

Don Oso trabajaba arduamente recolectando miel. Era un trabajo que no le gustaba y que, además, podía ser arriesgado. Las abejas lo picaban con fuerza, pero él soportaba el dolor pensando en sus hijos. Necesitaba trabajar para que a ellos nunca les faltara alimento ni lo necesario para vivir.Todo lo hacía por sus oseznos.

Pero, de un momento a otro, la Lechuza Sabia había determinado que Don Oso podía representar un peligro para sus hijos. Por esa razón, se le había impedido verlos, acercarse a ellos o incluso comunicarse por otros medios.

Todo era demasiado extraño.

Don Oso siempre se había considerado un padre preocupado y presente. Sabía que no era perfecto. Algunas veces podía haberse equivocado y, quizás, en ciertos momentos había gruñido más fuerte de lo debido.

Pero no lograba comprender cómo ahora podía ser considerado un peligro para sus propios hijos.

A la Lechuza Sabia le habían contado que Don Oso había intentado hacerles daño a sus oseznos.

Aquello lo atormentaba, lo confundía, le hacía mucho daño. Comenzó a revisar una y otra vez sus recuerdos. Incluso llegó a dudar de sí mismo y a preguntarse si había hecho algo que no lograba comprender. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, sabía que nunca había querido dañar a sus hijos. Nunca lo había hecho, y nunca lo haría. Lo más doloroso era que sus propios oseznos habían dicho cosas en su contra.

Don Oso creía que ellos podían estar confundidos, asustados o influenciados por todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Sentía que habían quedado atrapados en un conflicto entre adultos que jamás debió involucrarlos de aquella manera.

Pero no sentía rencor hacia ellos.

No sentía rabia.

Solo sentía amor.

Ellos no eran sus enemigos.

Eran sus hijos. Lo más importante en su vida.

Y Don Oso sabía que, independientemente de lo ocurrido, jamás dejaría de amarlos.

El juicio de los animales del bosque avanzaba lentamente. Don Oso comprendía que podía pasar mucho tiempo antes de volver a tener contacto con sus oseznos. De poder acariciarlos de nuevo, de sentir su olor. Sentía que muchos animales no comprendían la importancia del vínculo entre un padre oso y sus hijos. Sentía también que, intentando proteger a los pequeños, quizás nadie estaba observando el dolor que podía provocar una separación tan larga y absoluta.

Don Oso estaba convencido de que sus hijos también podían estar sufriendo.

Quizás estaban confundidos.

Quizás tenían miedo.

Quizás tampoco comprendían por qué su padre había desaparecido completamente de sus vidas.

Pero Don Oso no podía preguntarles.

No podía escucharlos.

No podía abrazarlos.

Solo podía esperar.

Esperar que los animales encargados de comprender lo sucedido escucharan con atención a todos.

Esperar que observaran la historia completa.

Esperar que fueran capaces de distinguir los hechos de los temores, las interpretaciones y los conflictos de los adultos.

Don Oso ya no sabía en quién confiar.

Sentía que su palabra estaba enfrentada a la de sus propios hijos, y aquello le destrozaba el corazón.

Él no quería luchar contra ellos.

Jamás lo haría.

Solo quería comprender qué había sucedido realmente.

Tal vez algún día, cuando sus oseznos fueran mayores y pudieran mirar hacia atrás con sus propios ojos, lograrían ordenar sus recuerdos y entender todo lo vivido.

Don Oso también esperaba comprenderlo algún día.

Porque había momentos en que ni siquiera él entendía ya cuál era la verdad completa entre tantas palabras, acusaciones y versiones.

Pero existía una verdad que permanecía intacta dentro de su corazón.

Amaba profundamente a sus hijos.

Los había cuidado.

Había intentado ayudarlos.

Había organizado su vida para estar presente.

Y ahora, desde aquel departamento vacío y silencioso, continuaba esperando el día en que pudiera volver a verlos.

El día en que pudiera mirarlos a los ojos.

El día en que, si ellos querían, pudiera volver a abrazarlos.

Porque, aunque el bosque entero pareciera haberse olvidado del vínculo que alguna vez los unió, Don Oso jamás olvidaría a sus oseznos.

Jamás dejaría de preocuparse por ellos.

Y jamás dejaría de amarlos.

Cuento original e inédito de Rene Miranda

Fundación Crianza Compartida Chile ®️

Un comentario de “La historia de Don Oso: un papá separado de sus oseznos.

  1. Marco Aguilar dice:

    Excelente historia, yo le agregaría que la lechuza sabía era acompañada de una lora (sicóloga) que opinaba con libertad absoluta sin escuchar al oso

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